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La prisión más efectiva no tiene barrotes. Solo ojos que nunca parpadean.

El amanecer llegó con el rugido de motores que rasgaron el silencio de Nueva Valdoria. Aria se levantó de la cama donde no había dormido, cada músculo de su cuerpo tenso mientras las ventanas vibraban con el sonido de algo descendiendo del cielo. No eran dragones. El sonido era mecánico, artificial, completamente ajeno a este mundo que apenas comenzaba a sanar.

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