Caminando con elegancia, sin pestañear siquiera, pero burlándose del hombre en el suelo, que volvía a sujetarse el brazo izquierdo con la mano derecha y la respiración inestable, Camilla le siguió. El señor Milán hacía todo lo posible por arrastrarse por el suelo y alejarse de su nieta.
—¡Déjame... déjame... ir... déjame... ir...! Tú... ¡tú deberías haber muerto!—. El hombre repetía una y otra vez.
No había nada en el mundo que hiciera sufrir a Camila. Ni siquiera los comentarios de su abuelo