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El laboratorio nivel cuatro del complejo subterráneo siberiano no era el infierno que los poetas describían con fuego y azufre. Era peor. Era un espacio aséptico de paredes blancas donde la muerte se cultivaba con la precisión de un jardinero obsesivo, donde cada matraz contenía la capacidad de borrar ciudades enteras del mapa con la misma facilidad con que un niño apagaba una vela.

Alexei Konstantin comprendió que había cometido

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