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La tundra de los Urales no perdonaba. No negociaba. No ofrecía segundas oportunidades a los hombres que creían poder doblegarla con tecnología y determinación. A cuarenta grados bajo cero, el aire mismo se convertía en un depredador invisible que mordía la carne expuesta y congelaba los pulmones con cada inhalación demasiado profunda.

Alexei Konstantin se arrodilló en el borde del acantilado y observó el abismo que se abr&i

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