Horas después el coche avanzaba suavemente por las calles iluminadas de Londres, el reflejo de las luces de los edificios bailando en las ventanas. Eda estaba sentada en el asiento del copiloto, apretando nerviosamente sus manos en su regazo. A pesar de que Christopher conducía con su habitual calma, ella no podía ignorar la sensación de un nudo apretándose en su estómago.
—¿Estás muy asustada? —preguntó Christopher, sin apartar la vista de la carretera pero notando la tensión en su esposa.
—No