¡SUEÑOS!

 —¡Venga por acá, Majestad! —me dijo mi lacayo, un sujeto de baja estatura y largos cabellos, tosco, fornido y de muy poca inteligencia. Caminábamos dentro de un viejo castillo abandonado, donde aún habían remanentes de osamentas humanas desperdigadas por todo el lúgubre lugar. Gigantescas telarañas habían sido tejidas por entre los bastos y lóbregos corredores, y una humedad pestilente se respiraba en el ambiente.

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