LA NIÑA PERDIDA

 A diferencia de mis predecesoras, mi problema nunca fue la falta de atención paterna. De hecho, mi padre siempre me suministró mucha atención. La problemática central era esa, precisamente, la atención que él me proporcionaba.

 —¿Te sientes bien? —me preguntaba acariciándome el cabello con ternura enfermiza. —No dirás nada, ¿verdad, mi amor?

 —No, papá.

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