Vanessa
Salió de la oficina sin atreverse a mirar a nadie, sin embargo, podía sentir dos miradas pegadas a su espalda.
Una la mandaba diez mil metros bajo tierra, la otra la quemaba viva, en los pozos de un infierno llenos de tensión sexual.
No supo cuál de las dos era peor, tampoco quiso pensarlo.
Tomó sus cosas de la oficina, y se montó al coche, no fue directamente a la casa, porque Vanessa conocía perfectamente la mente de su prima, podía predecir su siguiente movimiento.
Cuando su teléfono