No sé ni cómo logré dormirme después de todo eso. Su presencia no deseada seguía rondando en mi cabeza, como si su risa estuviera grabada en bucle. Pero lo peor de todo es que él se despertó antes que yo. Antes que yo.
Se tomó la libertad de desayunar con nosotros como si fuera un miembro más de la familia. Y, para mi absoluta incredulidad, comenzó a coquetear con mi hermano frente a mí.
¡Sí, coquetear! Al menos así se sintió. Martín, con su eterna disposición para caerle bien a todo el mundo,