Durante el camino a su apartamento, Alessandro estuvo muy tranquilo. Dejó su mano apoyada en mi rodilla todo el camino, y solo la apartaba de vez en cuando para tomar la mía y llevársela a los labios, dándome un beso casto.
No dijo nada en todo el camino, y me pareció extraño, porque en el restaurante vi fuego en sus ojos. Esos ojos violetas eran casi incandescentes.
En el garaje del edificio, me desabrochó el cinturón de seguridad, abrió la puerta del coche y me ayudó a salir. Me rodeó la cint