—El odio es pasión, Cloe. Y tú tienes mucha pasión —respondí, aumentando la velocidad.
El ritmo se volvió salvaje. La habitación se llenó del sonido de la piel chocando, del roce de las sábanas, de nuestra respiración que se mezclaba en la penumbra. Estábamos en el límite. El mundo exterior, el peligro de que Alessia despertara, el hecho de que vivíamos en una isla aislada tratando de reconstruir un imperio que ya no existía... todo eso se desvaneció. Solo quedaba el fricción, la carne, el sudo