—¿Qué has hecho? —rugí, intentando lanzarme sobre él, pero mi cuerpo no respondía.
—Puse una carga en el hospital —dijo, con una sonrisa triunfal—. Cuando mi pulso se detenga, el temporizador llegará a cero. Si yo no vivo para reclamar mi imperio, nadie más disfrutará de su felicidad.
El terror se apoderó de mí, más fuerte que el dolor de mis heridas. —¡No! ¡Michelle, no!
—Adiós, hermano —susurró él, dejando caer el detonador. Sus ojos se cerraron, su cabeza cayó hacia adelante, y el silencio,