El día del juicio de Clara, mientras pasaba por la puerta trasera del tribunal, escuché una voz muy familiar. Era Diego.
—¡Clara! Esta vez no puedo ayudarte, no debiste involucrarte. —dijo Diego con un tono de voz que sonaba agotado.
—¿Diego? ¿No tienes en cuenta a mi papá? —respondió Clara, su tono afilado como un cuchillo—. ¿Qué le prometiste?
La voz de Diego se volvió bastante cruel: —Te ayudé, te hice entrar a trabajar en la clínica, hice todo lo que pude, solo que no debiste desear cosas qu