Capítulo 50
Raúl
La noche empezó a caer despacio, cubriendo el granero en una penumbra tranquila, rota solo por los sonidos del campo que se escuchaban a lo lejos. Mateo y yo no habíamos dicho ni una sola palabra desde que descubrimos la trampa en la que Elías nos había metido. Él se quedó sentado a unos metros de distancia, pero nunca dejó de mirarme. Lo sentía. Esa mirada suya como un roce invisible en la piel me quemaba, molestaba y encendía.
Mateo era mi fisioterapeuta, sí, pero en ese mom