Capítulo 38: Tiene quien la proteja.
—¡Oh, mi niña! —Ágata en cuanto vio a la chica corrió a ella para ayudarla a quitarse la venda de los ojos.
—¿Agata? —inquirió, y al poder ver el rostro de la mujer esbozó una sonrisa.
—Por Dios mi niña, llegamos a tiempo —su voz tembló.
—Gracias —juntas se levantaron del colchón, mientras observaban al hombre.
—Llévatelo y asegurate de que hable y que se pudra en la cárcel —el rostro del hombre se distorsionó al oír eso.
—¿Quién diablos eres, para dar tal orden?
—El hombre que hará de