Su pelvis chocó con mi sexo y se detuvo. Sus músculos se tensaron, su mandíbula se apretó, cerró los párpados y le rechinaron los dientes.
Era el epitome de la masculinidad.
―Hazlo ―animé en un hilo de voz, perdida en su expresión, en la contención que desdibujó sus facciones y lo hizo ver como un hombre imponente que tanto deseé tener entre las piernas.
Sí, quería a mi cuñado hundido en mi interior, comiéndome los pechos, mancillando mi cuerpo, corrompiéndome hasta enloquecerme.
El calor en mi