Alexander no estaba acostumbrado a sentirse inútil, y ahora, mientras sostenía a su compañera, pensaba en que no sabía—no realmente—cómo iba a hacer para lograr cuidarla sin volverse un asesino despiadado. Porque estaba en un nivel de descontrol tan fuerte, que se veía a sí mismo, matando a quien siquiera la mirara de mala manera.
No ayudaba que también debía ir a rescatar a su salvadora, a aquella niña que lo sacó de las garras de la desesperanza. Y lo hizo sentir miserable darse cuenta de que