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5. Atrapadas en el Abismo

Capítulo 5: Atrapadas en el abismo

—No tienes por qué ser tan duro con los demás —le susurro, intentando ser discreta mientras el eco de las conversaciones ajenas llena la cafetería.

Él se inclina, rozando mi oído con sus labios, y su voz grave me envía un escalofrío por la espalda.

—No confío en él. Y me importas demasiado como para dejar que un idiota te haga daño.

Sus palabras hacen que mi corazón dé un vuelco de pura felicidad; ningún hombre me había hablado con esa mezcla de posesión y cuidado. Ethan me hace sentir una cantidad infinita de emociones que todavía no me atrevo a nombrar, por miedo a que se esfumen.

Cuando llegan nuestros pedidos, Ethan se acomoda más cerca de mí, invadiendo mi espacio personal de una forma que me encanta. Debajo del mantel, su mano empieza a acariciar mis piernas con una lentitud tortuosa. Estuve a punto de asfixiarme con un bocado y tuve que toser para recuperar el aire; él, con una sonrisa ladeada que delata que sabe exactamente lo que provoca, me da unas palmaditas en la espalda que terminan en una caricia prolongada. Dios, este hombre va a terminar conmigo.

—¿Te encuentras bien? —me inquiere con falsa inocencia.

Él sabe perfectamente que no lo estoy, así que intento fulminarlo con la mirada, aunque solo consigo verme más avergonzada. Estoy tan ruborizada que Carolina me pregunta si me sucede algo; solo acierto a asentir con la cabeza, incapaz de articular palabra.

Pocos minutos después, el teléfono de Ethan vibra sobre la mesa. Se disculpa, alegando una llamada importante, y se aparta unos metros hacia la cristalera del local.

—¿Seguro que estás bien? —Estás muy roja —insiste Carolina en cuanto nos quedamos solas.

—Sí, tranquila, no es nada —logró decir, abanicándome con la mano.

—Oye, no voltees, pero Dylan te ha estado viendo desde hace un buen rato. No te quita la mirada de encima.

—¿Sabes qué? Mejor nos vamos —sentencio, sintiendo una punzada de incomodidad.

—Sí, mejor, no vaya a ser que Ethan monte una de sus escenas aquí.

—¿Una de sus escenas? ¿Qué quieres decir con eso?

—¿No lo sabes? Claro, eres nueva... —Me dice mientras recogemos nuestras cosas y avanzamos hacia la salida—. Hace un tiempo, el señor Ethan tuvo una novia que le fue infiel con... ese hombre, Dylan. Lo peor es que los hermanos D'Angelo y él eran mejores amigos hasta que ocurrió eso. Y no solo eso: él y la ex se casaron y ahora están esperando un bebé.

Me quedo de piedra. Tremendo drama. Nunca imaginé que Ethan hubiera pasado por algo tan caótico; siempre pensé que yo era la única con un pasado complicado.

Al llegar a la empresa, el ambiente se siente pesado. Los empleados en el vestíbulo se detienen a mirarnos con una curiosidad que me pone los pelos de punta.

—Esto es incómodo. ¿Por qué nos ven así?

—No lo sé —Carolina escanea el lugar con nerviosismo hasta que palidece—. Oh, m****a. Estamos en problemas. Llegó el otro jefe: el señor Zack.

De solo escuchar ese nombre, se me eriza la piel. ¿No se suponía que llegaba en unos días? El pánico de Carolina es contagioso; se supone que debía tener todo en orden para su regreso y nos encuentra fuera de nuestro puesto.

—Veamos cómo reacciona —murmuro como si no pasara la gran cosa, por Dios, solo salimos a almorzar, aunque mis piernas tiemblan.

Veo que Carolina se dirige al elevador del personal, pero la detengo antes de que entre en la marea de empleados.

—¡Carolina, por aquí! Subamos en el presidencial; es más rápido y no habrá gente.

—¿Estás loca? ¿Cómo vamos a usar el elevador de los jefes?

—Cálmate, tengo la tarjeta de acceso.

Ella con la boca abierta va a mi lado. Deslizó la tarjeta magnética por el lector oculto. Es un sistema sofisticado; no hay botones externos. Una vez dentro, las paredes de vidrio ofrecen una vista panorámica de la ciudad, aunque desde fuera el cristal es un espejo impenetrable. El tablero marca 29 pisos.

—Okey, esto es raro... ¿Le robaste la tarjeta al señor Ethan?

—¿Qué? No, claro que no. Él mismo me la dio esta mañana.

Aunque bueno, ¿cómo va a saberlo? Ella o sabe que vivo con él y que antes de salir de casa me dio la tarjeta magnética que, según yo, era para usar en cualquier elevador.

—Él nunca le había dado una tarjeta a nadie, ni a sus novias. Solo su familia tiene acceso... —Carolina se queda en silencio y me mira con los ojos como platos—. Ay, no... No me digas que eres pariente de los D'Angelo, porque me va a despedir si se entera de que te conté su drama amoroso.

Empieza a caminar en círculos, presa de los nervios, cuando de repente las luces parpadean con un chasquido eléctrico y el elevador se detiene en seco.

El silencio que sigue es sepulcral. Mi corazón empieza a martillear contra mis costillas. Soy claustrofóbica; me aterran los lugares oscuros y encerrados. Se supone que me estaba haciendo la fuerte porque, bueno, no estoy sola en esta cosa, pero... me aterra que esta cosa se desplome.

—Ayuda, ¿alguien nos escucha? —grito golpeando el metal frío de la puerta, pero el vacío es lo único que responde. Empiezo a hiperventilar. Siento que el aire se acaba.

—Hey, tranquila, solo fue un apagón —dice Carolina, aunque su voz tiembla.

—No... no puedo respirar.

Lo que me faltaba, morir como una sardina en lata.

Siento que las paredes se cierran sobre mí. La oscuridad es casi total, excepto por una luz roja de emergencia que parpadea débilmente en el tablero. Presiono el botón de alarma desesperadamente. Carolina enciende la linterna de su teléfono y la coloca en una esquina para iluminar la cabina.

—Okey, siéntate y trata de respirar despacio. Cierra los ojos y escucha mi voz.

Lo intento, pero el hormigueo en mis extremidades me avisa que me estoy descompensando. Ella saca una bolsa de papel de su cartera y me la coloca en la boca. ¿Quién rayos tiene una bolsa de papel en su cartera? Da igual, después le pregunto. 

—Inhala y exhala aquí, te ayudará. Mantén los ojos abiertos, voy a intentar llamar a seguridad.

Lágrimas de puro terror inundan mis ojos. Estoy reviviendo la pesadilla de mi infancia, cuando me quedé encerrada durante horas. Todo se vuelve confuso, la vista se me nubla y, lentamente, voy perdiendo el conocimiento. Siento que voy a morir en esta caja de cristal.

A lo lejos, como si vinieran de otro mundo, escucho voces.

—Diana... Diana...

Busco esa voz profunda que tanto me gusta. Sé que es Ethan, pero no logro verlo.

—¡Demonios! Carolina, dime que está consciente —grita él por el intercomunicador.

—Ya está reaccionando, señor.

—Gracias al cielo. Habla con ella, distráela. Mira su cartera, tiene que tener algún chocolate; ella es claustrofóbica.

—Sí, señor, no se preocupe. Pero dígame, ¿qué pasó? ¿Por qué el corte de luz?

—No lo sabemos, todo apunta a un sabotaje. Zack está con los bomberos; dentro de poco las sacaremos.

Escucho la conversación sin poder moverme. Mi cuerpo está pesado. Logro quitarme los zapatos para sentir el suelo frío y me obligo a sentarme.

—Casi me matas del susto, mujer —dice Carolina mientras busca en mi bolso—. Toma esto. —Me tiende una barra de chocolate. Esta cartera parece un bolso mágico, tienes de todo aquí. Hasta gas pimienta... aunque tardarías una eternidad en encontrarlo.

Doy un primer mordisco al chocolate. El azúcar me devuelve un poco de lucidez.

—Vas a engordar si comes tanto chocolate —bromea ella para romper la tensión.

—Créeme, lo que menos me importa ahora mismo es aumentar de peso; solamente deseo salir de esta caja del infierno.

— Tranquila, ya estamos por salir. El señor Zack ya está en eso.

—Qué mala manera de empezar —susurré—. Me quedo atrapada en mi primer día. Por si fuera poco, el otro jefe me conocerá en estas condiciones.

—¿Tú y el señor Ethan son pareja? —pregunta de repente.

—No, solo es un amigo muy bueno.

—Pero se han ido a la cama, ¿verdad?

—Si me he acostado con él o no, es algo que no te voy a decir —le respondo cortante. No me agrada hablar sobre mi vida personal.

—Está bien, no te molestes. Es simplemente que... te mira de una forma distinta. Ni a su ex la miraba así. Es evidente que te tiene mucho cariño.

Cuando iba a dar una respuesta, de pronto, el ascensor se sacudió con fuerza. El estómago se me revuelve; la cabina se precipita en una caída libre aterradora. Mientras el metal chirría contra los rieles, gritamos como locas. El aterrizaje es brusco y mi cabeza impacta contra el cristal.

A través del cristal polarizado veo las luces del piso en el que nos hemos detenido y a la gente amontonada fuera, mirándonos con horror. Siento algo cálido resbalar por mi frente. Sangre. El dolor es agudo y las náuseas me azotan.

—¡Carolina! Soy Zack —la voz por el intercomunicador es diferente, más dura, más mandona—. Dime si están bien, por favor.

—Estoy bien, señor —responde Carolina con dificultad. Pero, Diana... M****a. —Ella se acerca y me inspecciona—. Está sangrando, señor.

—¡Maldita sea! Ya estamos descendiendo, entraremos por el tejado. Resistan.

Carolina presiona un pañuelo en mi frente. Me siento débil, la vista se me nubla y solo puedo pensar en Ethan. Segundos después, oigo golpes metálicos sobre nosotros. El techo cede y un bombero se asoma.

—Calma, chicas. Me llamo Cristian, voy a bajarlas —anuncia el rescatista—. Vamos primero contigo, que estás herida —me dice.

—No. No la toques —una voz fuerte y autoritaria resuena desde arriba, deteniendo al bombero—. Yo me encargo de ella.

—Pero, señor, está herida, hay que sacarla de aquí.

—Dije que yo voy. Asiste a la otra señorita primero.

Veo que se llevan a Carolina. Entonces, un hombre baja con una agilidad sorprendente. Es Ethan. Se ve preocupado aunque todo se me desvanece.

—Ya llegué, mi reina —me dice mientras me toma en sus brazos con una delicadeza increíble.

—Mi ángel guardián... —susurro, antes de que la oscuridad me venza por completo.

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