—¡Vete de aquí! —dijo enojado.
—¿O que?, llamaras a tu papi.
—Imbecil — el ojos grises, lo tomo del cuello y lo largo afuera.
Todos nos quedamos de piedra, con ese acto. El idiota número dos, lo vio asustado. Es que daba miedo, las venas de su cuello se habían inflamado.
Después que aquel sujeto, se fuera corriendo. Vino hacia mi y me habló:
—¿Estás bien?—quiso saber.
Nose porque motivo, me puse a llorar en su hombro , Magdalena.
Pero olía tan bien incluso, me quedé un poco perdida en su coloni