El policía puso de nuevo las manos en la mesa fría de metal que estaba en frente mío.
—Y... ¿Se lo llevaron así, sin más? — volvió a preguntar. Observé la habitación de interrogatorios, típica: gris, una mesa en la mitad, dos sillas, y el espejo que me devolvía una imagen horrorosa de mí mismo: mis ojos estaban hinchados, la tenue luz del bombillo acentuaba aún más la palidez de mi rostro, y las ojeras, más que cansancio, denotaban dolor, miedo y frustración.
—Ya te dije que si — conteste secan