Zamira
El trayecto de regreso de la finca de los Smith a nuestra casa fue un viaje directo al mismísimo infierno. El silencio dentro del auto era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo, interrumpido únicamente por el golpeteo violento de la lluvia contra el parabrisas. Cristian conducía con las manos crispadas sobre el volante, los nudillos blancos y la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse. Yo miraba