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Manuel regresó a media tarde cargado de comestibles. El coche rebosaba de bolsas del supermercado. Yuma salió de la cabaña y miró asombrado el maletero desbordado.

Pablo se asomó a la puerta e hizo un gesto a Manuel como pidiéndole permiso para salir. Este asintió.

—No estoy acostumbrado a tener invitados— dijo sonriendo. 

Yuma y Pablo  le ayudaron a descargar el coche y meter todo en la cabaña.

—Bien, habrá que ver cómo nos repartimos para dormir —miró hacia Pablo—, supongo que aún vives con tus padres ¿no?

Pablo asintió con la cabeza.

—Llámales, invéntate lo que quieras, pero asegúrate de que te creen, necesito que te quedes aquí tres o cuatro días.

El chico asintió y Yuma, por fin, le pudo ver usar su teléfono. Se quedaba en casa de un compa&

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