El alcalde está sumergido en sus pensamientos. —¡Son demonios!— vuelve a decir el hombre cobarde, caminando de un lado a otro por la desesperación —además, escuché cuando la de piel trigueña le dijo a la loca de piel blanca, la que cada rato decía “mi hijo David”. Le dijo “Luna Mía” entonces me asusté más, por sus extraños nombres.
Señor alcalde por favor, perdóneme, no quiero tener problemas con usted, me estoy enloqueciendo con todo lo que mis ojos pudieron presenciar.
—¡Largo! ¡Vete de mi pr