128.... Nadie quiere dormir.
—Víctor.
Susurré cuando su mano rodeó mi cintura.
El aire nocturno seguía entrando desde la terraza cercana.
La mansión estaba en silencio.
Tan silenciosa que podía escuchar mi propia respiración.
Y el latido acelerado de mi corazón.
Víctor bajó la mirada hacia mí.
Sus ojos oscuros parecían observar cada reacción que tenía.
Cada pequeño movimiento.
Cada duda.
—¿Qué?
Preguntó en voz baja.
Por alguna razón sonreí.
Quizás porque después de tantos días llenos de discusione