¡Qué ridículo! Es como ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Jimbo se puso rojo al escuchar las risas a su alrededor. No necesitaba que Cándido lo explicara para entender a qué se refería.
Jimbo, tan enfadado que ni siquiera podía respirar con normalidad, sintió que podría explotar de ira en cualquier momento. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, al no ayudar a Pau con palabras afiladas, sus dos perros tampoco eran fáciles de manejar. Seguir así solo los haría ser más objet