El guerrero de armadura de oro frunció ligeramente el ceño y, una vez más, lanzó un golpe con su espada. Esa vez, la espada dorada no solo no rompió el muro de hielo, sino que, al llegar a la mitad, quedó inmovilizada por completo.
Era como si estuviera incrustada en el hielo. La parte del muro marcada con runas comenzó a sanar a una velocidad asombrosa, cerrando con rapidez la brecha que había dejado la espada. El guerrero ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Intentó retirar la espada con la