Fane no dejaba de desafiar sus límites en todo momento. Hipólito apretó los dientes con toda fuerza. Al final, ya todo estaba decidido, no había nada más de qué preocuparse. Inscribirse para la pelea era como firmar un contrato, y ese joven ya no tendría oportunidad de cambiar de opinión. Así que, ahora podía actuar sin reservas.
Hipólito refunfuñó con desprecio:
—¡Maldito mocoso! No sigas con ese tono raro, ¿crees que puedes ganarme?
Fane soltó una risa suave y, con tono indiferente, respondió