En ese momento, la ira de Cándido se desbordó, y su cuerpo entero se puso tan tenso como un erizo enfurecido. Lo miraba a Léster con una furia indescriptible, mientras que Léster no se quedaba atrás.
Ambos se miraban fijamente, con el rostro lleno de rabia, como si fueran enemigos jurados que se odian con profundidad. La animosidad entre los dos había llegado a su punto máximo. Cándido entrecerró los ojos y levantó su espada, mientras en su mente no dejaban de aparecer recuerdos de Léster.
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