Benedicto no pudo evitar fruncir el ceño, lamentando en silencio su falta de control sobre sus emociones. Si no fuera por la intervención de Fane, podría haber caído en la trampa de ese tipo.
Era evidente que el hombre intentaba provocarlo, esperando que perdiera la compostura y luego, cuando Fane no estuviera prestando atención, dar fin a su propia vida. Ahora, no se atrevía a autolesionarse, temiendo que Fane reaccionara a tiempo y lo detuviera en el momento crucial, lo cual sería aún peor.
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