El color desapareció del rostro del repartidor cuando escuchó la sugerencia del hermano Tempest. Tropezó unos pasos hacia atrás y se quedó helado.
No era un idiota; sabia lo que buscaban estos matones. ¡Dejar que se quedaran con su esposa por una noche era lo mismo que empujarla a un burdel!
No obstante, cien mil para él también era una gran suma de dinero. No podría pagarlo, incluso si vendiera todo lo que tenía.
"Tú…".
La mujer estaba tan enojada que sus ojos brillaron de color rojo, p