—¡No eres el único que se equivocó! ¡En esta sala, hay muy pocos que no se han equivocado!
Después de un tiempo de dolor, uno siempre podría recuperarse. Tadeo luchó para abrir los ojos, con las venas de los ojos inyectadas de sangre. Miró a Fane con ojos llenos de resentimiento, como si quisiera arrancarle un pedazo de carne.
Jadeando, con dificultad para hablar, pasó un buen rato antes de poder articular palabras:
—¡No te perdonaré! Seguro que estás utilizando alguna conspiración. Tú no eres