En ese momento, Conrado ya no tenía la confianza que tenía antes. Ahora, tenía los ojos bien abiertos y una expresión de incredulidad en su rostro mientras miraba fijamente el cristal incoloro.
El cristal incoloro había recuperado su apariencia anterior, pero nadie podía olvidar cuán deslumbrante había sido la luz morada que acababa de emitir. La respiración de Conrado se volvió cada vez más agitada y sus oídos zumbaban.
Benedicto se rió fríamente y dijo:
—Ahora que el resultado está claro, ¿no