La boca de Montserat estaba literalmente abierta. No estaba segura de si era de rabia, incredulidad o simple pavor.
La habían engañado. No sabía cómo o en que momento, pero esos dos se habían puesto de acuerdo para verles la cara.
No. No podía ser. Debía haber un error, no pudo haber perdido, eso significaría que iban a cortarle la maldita cabeza.
Se negaba a creerlo al grado de acercarse a la mujer que acababa de caer como peso muerto sobre el concreto del patio para examinar de cerca la carta