Flores Sobre La Mesa
Flores Sobre La Mesa
Por: Prometeo
Escena I

FLORES SOBRE LA MESA

Estás tan cerca

como si ya no estuvieras aquí.

- Paul Celan

PERSONAJES:

HORTENSIA FLORES, Madre.

MARGARITA FLORES (MÁRGARA), Tía.

ROSA FLORES, Hija mayor. También hará las veces de LIRIO y de VIOLETA.

NARCISO FLORES, Hijo menor.

GERANIO FLORES, Hijo del medio.

LOS GEMELOS CLAVEL Y CLAVELINO, Hijos de Rosa.

MAMÁ PETUNIA, Abuela.

PAPÁ JACINTO, Padre.

ESPINOSA, Abogado de la familia.

MARTA AFORTUNADO, Prometida de Narciso.

ACTO I

ÚLTIMA CENA

Comedor de la lujosa mansión Los Flores.

La decoración, obra inequívoca de un artista, advierte la celebración de un evento importante. Al fondo, reluce un enorme cuadro donde están pintados todos los miembros de la familia. Una puerta, a la derecha, conduce a los numerosos corredores y espacios que componen al recinto. A la izquierda, un ventanal deja colar un tenue halo de luz vespertina. En el centro hay una larga mesa preparada para siete personas (en el centro de la misma puede verse un hermoso arreglo floral hecho con rosas rojas). MARGARITA, vestida cual ama de llaves, está dándole los últimos retoques a la misma. Entran ROSA y el SR. ESPINOSA y se ubican cerca del ventanal, vienen apresurados, nerviosos, como escondiéndose de alguien. Margarita, al ver la forma tan misteriosa en que estos invaden el espacio, se entrega a escuchar la conversación, mientras simula seguir con su trabajo. Se escuchan las notas de un piano.

ROSA:                       (Hablando en voz baja) Aquí podemos hablar tranquilamente… (Le entrega un sobre) La carta…

ESPINOSA:             (Antes de recibirlo) Señorita, perdone que me entrometa, pero, acláreme algo. ¿Por qué llegar a estos extremos? ¿No es más sencillo exponerles sus inquietudes?

ROSA:                       (Irónica) Ya lo he en incontables ocasiones, ¡pero son expertos para salirse con la suya! Siempre terminan usando lo que digo en mi contra. He sido demasiado indulgente con ellos… (Afectada) Aunque, si le soy sincera, no puedo dejar de sentirme culpable. (Con cierta melancolía) Valerme de un engaño para hacer escarmentar a mi familia... Sé que, a veces, la mentira le sirve de puente a la verdad. ¡Pero qué difícil es emprender ese camino! Me siento una embustera, una confabuladora.

ESPINOSA:              No puedo negar que es una medida algo drástica; y hasta inverosímil. (La toma de las manos. Consolándola) Sin embargo, si le sirve de consuelo, permítame recordarle que los grandes problemas requieren soluciones de igual envergadura. Tenga presente que la mentira también pude ser pedagógica; y en su caso, necesaria… Usted misma lo acaba de decir: mentir también puede servirle de puente a la verdad. Si se utiliza en pos de una buena causa, la mentira sanea y purifica, castiga al necio, detiene al osado, asusta al ignorante y previene a los discretos. En el fondo, tiene usted alma de artista. 

ROSA:                       (Se sonroja) Tiene usted una gran facilidad para extraer belleza de las cosas, aunque estas carezcan de ella… No solo es un excelente abogado, sino un hábil retórico, casi un poeta. (el Sr. Espinosa se sonroja. Transición. Algo histriónica) Entonces, esto es lo que haremos: Después de la cena, agarro mi maleta y me dirijo directo al “aeropuerto”. Pero, debido a una mala juagada del destino, en el trayecto los frenos de mi vehículo fallan, y, pues, tengo un fatal accidente. Luego, durante mis exequias, usted aparecerá y le leerá esta carta a mi familia, en la cual expongo que estamos “en quiebra” debido a inversiones infructuosas y despilfarro de capital, y que me suicidé para no cargar con la culpa de dejarlos en la calle a todos.

ESPINOSA:              ¡Vaya sorpresa se llevará su familia!

ROSA:                       (Ríe). ¡Ya me imagino sus caras! Esto, sin duda, será algo terrible para ellos. (Esperanzada) Pero no tan terrible como el hecho de verse privados de mi existencia. Esta doble pérdida les hará comprender dos cosas elementales: el dinero debe invertirse, y que el amor no debe reducirse a una vulgar transacción financiera. ¡¿Qué le parece mi plan?! 

ESPINOSA:             Dejando a un lado lo tétrico y cruel del asunto, ¡es una estratagema sencillamente brillante!

ROSA:                       (Tierna) Afortunadamente cuento con su ayuda, señor Espinosa. ¡No imagina cuánto valoro su apoyo en este momento! 

ESPINOSA:             (Emocionado) No se preocupe, señorita. No tiene por qué agradecerme. Para mí es un verdadero placer contribuir en su empresa. ¡Creo innecesario recordarle que puede contar conmigo para lo que se le ocurra!

ROSA:                       (Con cierta picardía) ¡Es usted todo un caballero! ¡Un hombre fiel, leal! ¡El mejor cómplice y confidente que una mujer desearía tener!

ESPINOSA:             (Alelado) Y si usted me aceptara, podría ser el suyo por el resto de mi vida…

ROSA:                       (Sonrojada) ¿A qué se refiere, Sr. Espinosa?

ESPINOSA:             (Nervioso) ¡Nada importante! Solo quise decir que cuente conmigo para lo que quiera… Creo que eso ya se lo dije, ¿verdad? (Risa forzada. Pausa incómoda) Espero que después de esto pueda vivir más tranquila…

ROSA:                       Estoy segura de que la relación con mi familia mejorará mucho después de esto. El remordimiento les abrirá los ojos y al fin nos trataremos con respeto y consideración.

ESPINOSA:              Esperemos que así sea…

ROSA:                       ¿A qué se refiere…?

ESPINOSA:             No es por ser pesimista o arruinarle la felicidad… Pero si algo he aprendido como abogado, es a ser en extremo precavido. ¿Y si las cosas no resultan como espera? Créeme, he sido testigo de cada historia en los tribunales… No existe nada más complejo que el corazón de un hombre. Cualquier cosa se puede esperar de nosotros; y más aún si se ven afectados nuestros intereses. Bajo situaciones extremas, nuestra naturaleza más profunda sale a relucir, es en esos momentos de tensión cuando un hombre puede descubrir si es un ángel o un demonio. Y digo “descubrir” porque en ese estado de perplejidad ante la palpable incertidumbre de la vida, nadie puede dar fe de sus acciones. ¿Supongo que tiene preparado un plan “b”, en dado caso de que el primero no funcione?

ROSA:                       ¿Un plan “b”? No había pensado en eso… (Optimista) Creo que tiene razón en lo que dice, pero dudo que sea necesario tramar otra cosa. Mi plan es sencillamente perfecto.

(Margarita, quien hasta ahora disimulaba en vano su interés por conversación, derriba alguna de las copas. Al darse cuenta de esto, vuelve a colocarla en su lugar y continúa ordenando la mesa, simulando que nada ha ocurrido).

ESPINOSA:             (Preocupado. En voz baja) Señorita, ¿no le preocupa que escuche nuestra conversación? ¿Y si le revela a alguien sus planes?

ROSA:                       (Con acostumbrada resignación) No se preocupe por ella, estoy convencida de que no hará tal cosa. Y aunque lo hiciera, nadie le prestaría atención. En esta casa gozamos de todo, menos de oídos para escucharnos.

(Entra HORTENSIA acompañada de un mayordomo. Se nota satisfecha, complacida, todo en ella advierte plenitud aristocrática. Viene hablando consigo misma).

HORTENSIA:          …Como siempre lo he dicho, la verdadera belleza reside en lo sencillo, en lo diáfano, en lo cristalino. No sé qué tienen en la cabeza esos artistas posmodernos… (Mofándose) ¡Arte conceptual! ¡Arte conceptual! ¡Tonterías! ¡Lo arruinan todo! ¡Ya ni provoca ir a los museos! (Al advertir la presencia de Margarita) ¡Márgara!  (Margarita deja de orden la mesa y se acerca hasta ella en actitud servil. Al mayordomo) Retírate… ¡Ah! Y no olvides, esta noche brindaremos con el Montrachet (El mayordomo hace una reverencia y se retira). Márgara, ¿no te parece que la decoración quedó fantástica? (Margarita asiente con la cabeza) No es por exagerar, pero tiene tan magnífico acabado, que fácilmente puede ser motivo de inspiración para el pintor del talento más notable. ¡Ah, le diré a mi querido hijo Geranio que pinte un cuadro alusivo! (Transición) ¿Márgara, ya está lista la cena? (Margarita levanta los hombros. Hortensia se muestra irritada) ¿Y entonces qué haces parada frente a mí como una estatua? (MARGARITA permanece inmóvil) ¿Qué estás esperando? ¡Ve inmediatamente a la cocina a ver si ya está lista! (Margarita asiente con la cabeza y sale de escena, en el camino tropieza con alguna de las sillas. Hortensia la observa con desdén) ¡Ah! ¡Ahí estás Rosa! ¡Mi pequeña Rosa! ¡Te estaba buscando! (Con hipocresía) Buenas noches, Señor Espinosa.

ESPINOSA:             (Cortés) Buenas noches, señora Hortensia.

ROSA:                       ¡Madre! (Se besan en la mejilla) A mí también me gusta la decoración. Aunque, siendo sincera, con algo menos ostentoso me hubiese bastado. Solo me ausentaré un par de días.

HORTENSIA:          (Pasmada. Se lleva las manos a la cabeza) Ay, mi cabeza, mis nervios, mis arterias… ¡Todo el cuerpo me vibra! Ah, desfallezco…

ROSA:                       (Preocupada) ¡Qué te pasa, madre! ¿Te sientes bien? ¿Otro de tus vértigos repentinos?

HORTENSIA:          (Recuperándose) ¡Pero qué ocurrencias dices, querida! Un viaje de negocios no es cualquier cosa. Un evento tan importante debe celebrarse con todos los dispendios que nuestra posición social nos permita. Además, son contadas las ocasiones en que podemos cenar todo en familia, hija. ¿No te parecen motivos suficientes para celebrar? (La arrastra a un lado con disimulo) Mi niña, no vuelvas a hacer un comentario de esa índole, ¡y menos en voz alta! (Preocupada) Cualquiera pensaría que no tienes conciencia de clase… (Transición) Hija mía, solo los pobres se conforman; y únicamente porque no tienen otra opción. (La suelta. Le lanza una risa hipócrita al Sr. Espinosa) Aquí tienes… (Le entrega una tarjeta de crédito dorada) Te aseguro que no fui comedida.

ROSA:                       (Irónica) Jamás lo pondría en duda, madre.

HORTENSIA:           (Recelosa) Y cambiando de tema… ¿Se puede saber qué haces aquí con el Señor Espinosa, y para colmo, en esa actitud tan desahogada, tan amena, tan íntima? ¿Debo recordarles que tanta cercanía entre ustedes me resulta completamente innecesaria?

ESPINOSA:             (Nervioso) Señora Hortensia, solo estábamos finiquitando cuestiones laborales; precisamente sobre al viaje de negocios que hará la señorita Rosa esta noche.

HORTENSIA:           (Solemne) Creí haberle preguntado a mi hija. Sin embargo, su respuesta me resulta satisfactoria. Cuando se trata de asuntos financieros, puedo tolerar cualquier impertinencia.

ESPINOSA:             (Avergonzado) No fue mi intención incomodarla, Doña Hortensia.  Yo solo…

HORTENSIA:          (Ofendida) ¡¿Qué ha dicho usted?!

ESPINOSA:             (Asuntado) Qué no fue mi intención incomodarla…

HORTENSIA:          ¡No, lo otro!

ESPINOSA:             (Vacilante) ¿Doña…?

HORTENSIA:           (Horrorizada) ¡“Doña”! ¡Ha dicho usted “Doña”! Ah, me desmayo, desfallezco… (Molestísima) ¡Pero qué insolencia! ¡No hay nada más indigno que llamar a una mujer de esa forma! La palabra “Doña” es simplemente un vulgar eufemismo utilizado por los hombres para insinuar que una mujer se encuentra en su ruina física. Por suerte, en mi caso ese calificativo no aplica. (Pretenciosa) A decir verdad, yo soy como el vino: me vuelvo más apetecible con los años.

ESPINOSA:             ¡Por supuesto, Señora Hortensia! Yo solo quise ser…

HORTENSIA:           Mire, Señor Espinosa, aprovecharé que se ha desenmascarado frente a mí para ponerlo en su lugar.

ROSA:                       (Preocupada) ¡Madre…!

ESPINOSA:             Señora Hortensia, lo siento mucho. De verdad no fue mi…

HORTENSIA:          ¡No he terminado de hablar! (Solemne) Tenga presente, caballero, que solo lo admito en esta casa porque está usted encargado de resolver los asuntos legales que competen a mi amada familia. Créame que, de no ser porque mi hija le guarda un afecto que considero, por de más, inapropiado e infructuoso, no estaría pisando usted el lustroso piso de esta casa. Quién sabe con qué artimaña ha engatusado usted a mi hija, pero a mí no me engaña. Sé muy bien que detrás de ese aire de hombre inocente y bondadoso esconde algún interés personal… Después de todo es un abogado, y solo alguien tonto, (señalando a Rosa) sin desmejorar lo presente, podría confiar en un abogado. Así que le aconsejo que guarde las distancias y no rebase los debidos límites; y mucho menos pretenda usted fraternizar con los demás miembros de esta casa. Dedíquese a ser el abogado de la familia, que para eso se le paga; y muy bien, cabe destacar. (A Rosa. Tajante) Hija, sinceramente no sé cómo puedes servirte de este tipo de amistades, no encajan con nuestras refinadísimas costumbres.

ROSA:                       (Avergonzada) ¡Madre! (Al Sr. Espinosa) No le preste atención, Señor Espinosa… (Mirando con firmeza a Hortensia) Solo está algo ansiosa por mi partida.

ESPINOSA:             (Incómodo) No se preocupe, señorita. Creo que lo mejor es que me marche.

HORTENSIA:          (Malcriada) Cuánta sensatez destilan sus palabras.    

ROSA:                       ¡Madre! (Al Sr. Espinosa) ¿Y es que no piensa usted cenar con nosotros?

ESPINOSA:             Lamento decepcionarla, pero en este momento no tengo apetito. Por otra parte, es necesario que me retire (haciendo una seña con el sobre donde está el testamento): debo resolver algunas cuestiones referentes a lo que platicamos hace un rato.

ROSA:                       (Algo nerviosa) Está bien, acepto su negativa. Aunque será una verdadera lástima no contar con su presencia en nuestra mesa. Espero tenga una linda noche.

ESPINOSA:             Lo mismo deseo para ustedes. Hasta pronto… (La besa en la mano). Hasta luego, Señora Hortensia… (Hortensia lo mira de arriba abajo, luego responde con un gesto de desprecio. Sale completamente avergonzado).

(Pausa breve).

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