MARISOL
―Por fin está despierto ―anunció el doctor, caminando hacia nosotros después de tantos minutos de silencio―. Pueden ir a verlo ahora.
La respiración profunda que no sabía que había estado conteniendo se abrió camino hacia afuera, y una repentina sensación de paz se lavó por mis venas.
Aunque no quería pensarlo, pensé que lo iba a perder también. Levanté la cabeza y mi mirada se encontró con la de Tía Catalina, que tenía una amplia sonrisa en su cara y alivio lavándose por sus ojos.
Tod