Al detenerse sobre él, su mirada se posó en la mesita auxiliar. Allí estaban su teléfono, un vaso a medio terminar de lo que parecía ser whisky y su bolso de mano. Miró su reloj: eran apenas las doce y cinco. Debería irse, pero incluso al pensarlo, su cuerpo se resistió. La idea de marcharse sin disfrutar de él como es debido, al menos una última vez, de resistir el deseo que ya ardía, era demasiado.
Gotas de sudor le perlaban el pecho y la nuca. Tenía la piel húmeda y el vestido le producía cla