SU PUNTO DE VISTA
Su pecho subía y bajaba con rapidez, el sudor brillando entre sus senos como gotas de oro líquido bajo la luz de las antorchas. Solté su mandíbula y di un paso atrás, solo lo suficiente para que mis ojos recorrieran con lentitud su cuerpo tembloroso. Estaba sonrojada, los labios entreabiertos, las pupilas dilatadas por completo.
—Date la vuelta —ordené.
Por un latido del corazón no se movió, atrapada entre la rebeldía y una necesidad desesperada.
—Ahora. —Mi voz restalló como