Estaba descalza en la cocina, la bata de seda resbalando por un hombro, mirando las luces de la ciudad que se negaban a importarle. Las palabras de mi madre de ayer seguían repitiéndose en mi cabeza como un disco roto. Etapa cuatro. No mucho tiempo. La forma en que intentó sonreír a través de ello, como si el cáncer fuera solo otro secreto que podíamos enterrar con el resto. Mi pecho se sentía hueco, como si alguien hubiera sacado todo y dejado solo este vacío pesado y doloroso.
Apreté el borde