Pero él estaba inquieto, sus ojos errantes, y sus palabras no seguían ninguna lógica.
—¿Qué es lo que quieres decir? —Santiago, enojado, golpeó la mesa.
—Abuelo, ¿podrías... llamar a Irene? —Diego, tocándose la nariz, parecía un poco avergonzado.
—¿No tienes manos? —Santiago estaba muy enojado.
—Irene me... bloqueó —dijo, aunque le costaba admitirlo.
Aunque fuera vergonzoso, llamarla era más importante.
—¡Ah, tú! No sé qué decirte... —Santiago señaló a Diego con el dedo.
Pero, al final, no podía