Maximilian, como una bestia enjaulada, recorría su oficina de punta a punta, sus pasos resonando como latigazos contra el impecable mármol. El aire vibraba con su ira contenida, cada fibra de su ser clamaba por descargar la furia que lo consumía. Quería golpear, romper, destruir todo a su paso. La tableta, lanzada momentos antes, yacía como un trofeo de su indignación, el titular aún brillando, un faro de la intrusión que había irrumpido en su vida.
La noticia de su accidente y su tiempo en