Simón salió de la oficina de Natalia con pasos rápidos y pesados. Sus pensamientos eran un remolino de rabia e impotencia, una combinación letal que apenas lograba controlar.
Aferraba el teléfono en su mano con tal fuerza que parecía que lo partiría en dos. La voz fría de Natalia resonaba en su mente como un eco que no podía silenciar.
“No necesito que vengas a decirle que eres su padre”, había dicho, y cada palabra había sido un dardo envenenado directo a su orgullo.
Cuando apenas había cruz