Isabella miraba el teléfono en sus manos, los ojos bien abiertos, el ceño fruncido y las manos temblorosas.
No podía creer lo que acababa de suceder. Simón le había cortado la llamada sin miramientos, de manera abrupta, como si ella no mereciera ni una palabra más.
Su pecho ardía, mezcla de rabia y dolor, y sentía la furia creciendo dentro de ella como una marea incontrolable.
—¿Cómo se atreve? —murmuró, apretando el teléfono con fuerza.
Durante los últimos años, Isabella había soportado desp