Abigaíl sintió un estremecimiento al escuchar a Aitor, se puso nerviosa, no quería otro escándalo como el que sucedió en Boston con Thomas Musk, además que Alexander no era un cliente cualquiera, sino el jefe de él.
—No asumas cosas, puedes cometer un error, y no nos conviene tener más enemigos —recomendó, lo agarró del brazo—, mejor vamos a casa, allá hablamos con calma.
Aitor soltó un resoplido, y la expresión de enojo que mostraban sus ojos cambió, relajó la postura y el semblante, agarró