Morir y no florecer

En la calle y dolida aún por lo que Joseph le había revelado, Lexy simuló una sonrisa para Esteban y una dulzura que no era muy propia de ella. Caminaron cogidos de las manos y sin intercambiar palabras por algunos minutos y la muchacha dejó que su novio la guiara por las avenidas principales de la enorme ciudad.

—Pensé en que podíamos disfrutar de un café antes de mi cita con el dentista —dijo Esteban.

—¿Dentista? —preguntó Lexy, muy confundida.

—Sí, ya sabes, el plan de salud de mi padre —sat
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