Joseph abrazó a la dócil joven por la cintura y la mantuvo sobre su cuerpo hasta que sus respiraciones encontraron calma y también sus cuerpos.
Ella no dijo palabra y se mantuvo tan quieta que el hombre empezó a preocuparse. Fue entonces cuando su conciencia llegó del más allá para molestarlo otra vez y jugarle un par de bromas que le hicieron ver la realidad:
“De seguro la espantaste con tus sentimientos de nena mamona”. —Molestó y Joseph apretó los dientes con fuerza—. “No sé por qué estamos