Su boca se separó de la de ella para recorrer su mandíbula. Cuando su lengua rozó su pulso, ella jadeó y le clavó las uñas en los hombros como si, de lo contrario, fuera a flotar y alejarse.
—Xavier...— mitad protesta, mitad súplica.
—No te resistas, mi pequeño fénix —su voz era áspera contra su garganta—. Te necesito.
Su barba incipiente le arañaba la piel mientras su boca bajaba hasta su clavícula. Una mano se enredó en su cabello, inclinando su cabeza hacia atrás para dejar al descubierto más de su garganta. La otra mano se deslizó más abajo, acariciando su pecho a través de la camisa.
Ella temblaba, el calor le quemaba las venas.
De alguna manera —Dios, ¿cuándo había dejado de pensar?— su mano encontró su erección a través de los pantalones. Cerró los dedos alrededor de él y él palpitaron contra su palma, sus manos vacilantes en su exploración.
Él desabrochó los botones de su camisa y deslizó la mano dentro. No llevaba sujetador. No se había molestado en ponérselo después del baño