Sin aviso, la empujó contra la pared y apretó su cuerpo contra el de ella, sus labios bajando hacia su cuello mientras sus dedos se deslizaban hasta su cintura, apretándola con un deseo apenas contenido.
Su tacto era posesivo, y Elena no entendió por qué eso le excitaba hasta el punto de dejarla sin aliento.
Y aparte de la rabia, era por los celos que lo consumían por dentro, una oscuridad y algo primitivo que despertaba en ese hombre peligroso, le provocaba a ella una mezcla de miedo y deseo.