Elena se quedó inmóvil, temblando, mientras sus ojos se fijaban en el chef. Apenas conocía a ese hombre, pero ahora su vida pendía de un hilo, y ella era la clave. El frío metal del arma en su mano era una presencia insoportable, y la presión de la mano de Giovanni, su esposo, la mantenía anclada en esa situación aterradora.
Su respiración se volvía irregular, tratando de procesar lo que estaba sucediendo. Todo en su mente era un caos de pensamientos atropellados. “Yo no soy una asesina”, pensó