La mujer que la cuidaba había dejado, casi sin darse cuenta, un manojo de llaves sobre la cómoda. Elena no podía ignorar la oportunidad. Mientras la señora limpiaba la tina en el baño, tomó las llaves con rapidez y las escondió bajo su almohada.
Esperó pacientemente a que la casa se sumiera en el silencio de la noche. Cuando ya no escuchaba más ruido ni veía luces encendidas, se levantó con cautela y caminó en puntillas hasta la puerta, abriéndola con sumo cuidado para no hacer ningún sonido. E