CAPÍTULO — EL PRENUPCIAL
(Punto de vista de Carolina)
A la mañana siguiente, el sol entraba tímido por las persianas del estudio jurídico donde firmaríamos el contrato prenupcial, como si incluso la luz entendiera que ese no era un día cualquiera, sino uno de esos en los que una termina de cruzar una línea sin saber bien en qué clase de vida va a despertar.
El abogado Vera, el amigo de mi abuelo, estaba sentado del otro lado del escritorio con la misma sobriedad respetuosa con la que siempre había tratado a la familia, como si aquel lugar fuese todavía territorio sagrado. Acomodó los papeles con una prolijidad que me resultó casi cruel, porque había algo injusto en que el destino pudiera ordenarse en carpetas, mientras dentro de mí todo era un desorden que no encontraba nombre.
—Ambas partes han leído y comprendido el acuerdo —anunció con voz neutra—. El señor Gabriel Ortega renuncia a cualquier derecho sobre bienes presentes o futuros pertenecientes a la señorita Carolina Fon